EL COCHE FANTASMA CN © 2005 - Mª Ángeles Gilabert Carrillo © 2012

Amelia B. Edwards

Traducido por Mª Ángeles Gilabert Carrillo




 

 

E sta es una historia real. Aunque han pasado veinte años desde aquella noche, aún puedo recordar lo ocurrido con toda claridad. Durante estos años sólo le he contado la historia a una persona. Todavía me siento incómodo cuando hablo de ello, por tanto, tengan paciencia, por favor. No me den su opinión ni traten de explicar nada. No deseo sus explicaciones ni quiero saber sus dudas. Al fin y al cabo, yo estaba allí, y he tenido veinte años para pensar en ello.

 

         Había estado cazando en las solitarias colinas del norte de Inglaterra. Pese a haber pasado el día entero intentándolo, no había conseguido cazar nada. Era diciembre y soplaba un viento gélido del este. La nieve había comenzado a caer del cielo gris. Se estaba haciendo de noche cuando me di cuenta de que me había perdido. Miré a mi alrededor y no vi señal alguna de vida humana.

 

         «¡Bueno! —pensé—, tendré que seguir caminando y así quizá encuentre un refugio».

 

         Así que coloqué la escopeta bajo mi brazo y empecé a caminar. Nevaba copiosamente. Cada vez hacía más frío y estaba oscureciendo rápidamente. Ya estaba cansado y hambriento. Llevaba fuera todo el día y no había comido nada desde el desayuno. Pensé en mi joven esposa, que me esperaba en el hotel del pueblo.

 

         «¡Qué preocupada debe de estar! —pensé— Le prometí que volvería antes del anochecer. Quisiera poder cumplir mi promesa.»

 

         Llevábamos cuatro meses casados. Nos amábamos mucho y éramos muy felices. No quería ser para ella motivo de preocupación.

 

         «Tal vez encuentre un refugio o a alguien que me pueda decir cómo regresar al hotel. Así, con suerte, estaré con mi querida esposa antes de medianoche.»

 

         Pero cada vez nevaba más y la noche se hacía más cerrada. A cada momento, me paraba y gritaba, pero el único sonido que se oía en aquel lugar inhóspito y salvaje era el del viento. Comencé a inquietarme. Había leído historias de viajeros que se perdían en la nieve. Caminaban hasta que no podían más. Entonces, agotados, se echaban en la nieve y se quedaban dormidos, para no despertar jamás.

 

         «¡Eso no puede pasarme a mí! —me dije— ¡No puedo dejar que suceda! ¡No debo morir, teniendo tantos motivos para vivir! ¿Qué sería de mi pobre esposa sin mí?». Tuve que hacer un esfuerzo para alejar de mí aquellos terribles pensamientos. Grité más alto con la esperanza de obtener una respuesta. De pronto, por encima de los tristes y quejumbrosos sonidos del viento, creí oír un grito lejano. Entonces, de la oscuridad surgió un pequeño círculo de luz blanco que se acercaba a mí cada vez más, a la vez que se hacía más brillante. Corrí hacia la luz lo más rápido que pude y me topé con un anciano que llevaba una linterna en la mano.

 

         —¡Gracias a Dios! —exclamé— Ha sido una salvación encontrarle.

 

         Sin embargo, él no pareció muy contento de verme. Levantó su linterna y me miró fijamente a la cara.

 

         —¿Por qué le da gracias a Dios? —preguntó con una especie de gruñido.

 

         —Pues le daba las gracias porque ha aparecido usted —contesté animado—. Temí estar perdido en la nieve.

 

         —¿Adónde quiere ir?

 

         —A Dwolding. ¿A qué distancia estará de aquí? —le pregunté.

 

         —A unas veinte millas —gruñó otra vez el anciano. Y añadió, mientras me observaba:

 

         —Así que es cierto, está usted perdido de verdad.

 

         —Parece ser que sí. ¿Me puede decir dónde está el pueblo más cercano?

 

         —El pueblo más cercano es Wyke y está a doce millas de aquí.

 

         —Entonces, ¿dónde vive usted?

 

         —Allí —indicó, señalando hacia el bosque con la linterna.

 

         —¿Va usted ahora a su casa? —le pregunté.

 

         —Quizá.

 

         —Entonces, por favor, déjeme ir con usted —le pedí.

 

         El viejo sacudió la cabeza:

 

         —No creo que sea una buena idea —dijo—. Él no le dejará entrar.

 

         —¡Oh, seguro que sí! —dije— ¿Quién es él?

 

         —Mi amo.

 

         —¿Quién es su amo?

 

         —No es asunto suyo —fue toda su respuesta.

 

         —Por favor, lléveme ante él. Estoy seguro de que su amo me dará refugio y algo de comer esta noche.

 

         —Me extraña mucho. Sin embargo, puede preguntarle —dijo el anciano, contrariado. Sacudió su cabeza gris y empezó a caminar. Seguí la luz de su linterna a través de la nieve, que seguía cayendo copiosamente. De repente vi una silueta negra en la oscuridad. Un enorme perro vino corriendo hacia mí. Gruñía enfadado.

 

         —¡Quieto, King! —dijo el viejo.

 

 

 

 

         —¿Es ésta la casa? —pregunté.

 

         —Sí, ésta es la casa… ¡quieto, King!

 

         Y sacó la llave de su bolsillo. La puerta era grande y pesada. Parecía la puerta de una prisión. El anciano giró la llave y entonces vi la ocasión. Rápidamente le empujé y me colé en la casa.

 

 

2

______________

 

 

         Miré a mi alrededor. Me encontraba en un enorme recibidor. Mientras lo observaba todo, sonó un timbre.

 

         —Es para usted —dijo el viejo. Mostró una sonrisa poco amistosa—. Por ahí está la habitación del amo.

 

         Señaló a una puerta negra, en el lado opuesto del recibidor. Me dirigí hacia ella y llamé con fuerza. Luego, entré sin esperar respuesta. Un anciano con el pelo completamente blanco estaba sentado frente a una mesa. Ésta estaba cubierta de papeles y libros. Se levantó y me miró con rudeza.

 

         —¿Quién es usted? —preguntó—. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Y qué quiere?

 

         —Me llamo James Murray —contesté—. Soy médico. He caminado a través de las montañas hasta llegar aquí. Necesito comida, bebida y un lugar en el que descansar.

 

         —¡Esto no es un hotel! —exclamó— Jacob, ¿Por qué has permitido que este extraño entre en mi casa?

 

         —Yo no le dejé entrar —gruñó el viejo—. Él me ha seguido y me ha empujado para pasar. ¡No he podido detenerlo! ¡Es más fuerte que yo!

 

         Su empleado se giró hacia mí.

 

         —¿Y por qué hizo eso, señor? —preguntó el anciano.

 

         —Para salvar mi vida —contesté inmediatamente.

 

         —¿Para salvar su vida?

 

         —La nieve está ya muy alta —respondí—. ¡Por la mañana me cubriría entero!

 

         Se acercó con calma a la ventana y miró hacia afuera. Al fin dijo:

 

         —Es cierto. Está bien, puede quedarse hasta por la mañana, si lo desea. Jacob tráenos la cena… Siéntese, por favor.

 

         Se sentó de nuevo a la mesa y comenzó a leer.

 

         Dejé la escopeta en un rincón. Me senté cerca del fuego y miré a mi alrededor. Esta habitación era más pequeña que el recibidor, pero pude ver en ella muchas cosas raras e interesantes. Había libros apilados en todas las sillas y mapas y papeles en el suelo. «¡Qué habitación tan interesante!
—me dije— ¡y qué lugar tan raro para vivir! Aquí, en esta granja solitaria, entre estas oscuras colinas…» Miré a mi alrededor por toda la habitación y luego miré al viejo, preguntándome quién sería. Tenía una cabeza hermosa, cubierta de pelo blanco. Su mirada era seria, inteligente. En su gran frente se dibujaban profundamente unas líneas de concentración y a ambos lados de su boca se perfilaban unas líneas de tristeza.

 

         Jacob nos trajo la cena. Su amo cerró el libro y me invitó cortésmente a la mesa. En ella había un gran plato de carne, pan integral y huevos y una olla de café bueno, muy fuerte.

 

         —Espero que tenga hambre, señor —dijo el anciano—. No tengo nada mejor que ofrecerle.

 

         Pero yo ya tenía la boca llena de pan y carne.

 

         —¡Es excelente! —dije agradecido— ¡Muchas gracias!

 

         —De nada —contestó cortésmente—, pero con frialdad.

 

         Su cena, como pude comprobar, consistía solamente en pan y leche. Comimos sin hablar. El viejo parecía triste. Intenté imaginar por qué llevaba una vida tan apartada y solitaria en aquel paraje abandonado de la mano de Dios.

 

         Cuando terminamos, Jacob se llevó los platos vacíos. Su amo se levantó y miró por la ventana.

 

         —Ha dejado de nevar —dijo.

 

         Me levanté inmediatamente.

 

         —¡Ha dejado de nevar! —exclamé— ¡Entonces, quizá…! Pero… ¡No, no puedo! No podría caminar veinte millas esta noche.

 

         —¿Caminar veinte millas? —repitió sorprendido el hombre—. ¿Qué quiere decir?

 

         —Mi esposa me espera —dije—. Ignora dónde puedo estar y debe de estar muy preocupada.

 

         —¿Dónde está su esposa?

 

         —En Dwolding, a veinte millas de aquí.

 

         —En Dwolding, dijo pensativo… Sí, tiene usted razón, está a veinte millas. Pero… ¿es imprescindible que vaya allí enseguida?

 

         —¡Sí, claro! ¡Estará muy preocupada! ¡Y yo haría cualquier cosa…!

 

         —Bueno, bueno —dijo el anciano tras pensar unos momentos—. Hay un coche que pasa por la vieja carretera cada noche, y siempre se detiene en Dwolding. —Miró el reloj de la pared—. Dentro de una hora y cuarto, se detendrá en la señal que hay, aproximadamente, a cinco millas de aquí. Jacob puede ir con usted y enseñarle dónde está el camino que lleva a la señal. ¿Será usted capaz de encontrarla?

 

         —Desde luego. Y muchas gracias por todo.

 

         Sonrió por vez primera y llamó al timbre. Dio las órdenes precisas a Jacob y volvió junto a mí.

 

         —Debe darse prisa —dijo—, si quiere coger el coche. ¡Buenas noches!

        

         Me giré para despedirme, pero él ya estaba entrando en su habitación.


 

 

3

______________

 

 

         Pronto Jacob y yo estábamos en las montañas solitarias y cubiertas de nieve. Aunque no hacía viento, aún hacía frío. No se veían estrellas en el cielo. El único sonido en aquel lugar salvaje e inhóspito era el de nuestros pasos en la nieve. Jacob no hablaba. Caminaba en silencio delante de mí, sujetando la linterna. Le seguí, con la escopeta bajo el brazo. También yo iba en silencio, pues pensaba en el viejo. Aún podía oír su voz. Recordaba cada palabra de nuestra conversación; aún hoy la recuerdo.

 

         De pronto, Jacob se detuvo y señaló con la linterna.

 

         —Ahí tiene la carretera. Vaya por la izquierda de ese murete de piedra y no se perderá.

 

         —Entonces, ¿ésta es la vieja carretera? —pregunté.

 

         —Eso es —gruñó.

 

         —Y, ¿a qué distancia estaré de la señal?

 

         —Como a tres millas. Siga la carretera y no se perderá.

 

         Saqué mi cartera y al verla, se volvió más colaborador.

 

         —Es una buena carretera para los caminantes —dijo—. Pero es demasiado empinada y estrecha para los coches. Tenga cuidado. El muro está roto cerca de la señal. Nunca lo arreglaron desde que ocurrió el accidente.

 

         —¿Qué accidente?

 

         —El coche que viajaba por la noche se salió de la carretera. Cayó al valle; tiene una caída muy grande, unos cincuenta pies o más. La carretera a esta altura es muy mala.

 

         —¡Qué horror! —exclamé— Y ¿murió mucha gente?

 

         —Todos murieron. Cuatro pasajeros murieron en el acto. El conductor, a la mañana siguiente.

 

         —¿Cuánto tiempo hace de esto?

 

         —Veinte años. Mi amo está destrozado desde entonces. Verá, uno de los pasajeros era su único hijo. Por eso está allí aislado, en aquel lugar tan solitario.

 

         ¡Vaya! ¡qué desgracia tan grande! ¿Y dice usted que el muro está roto cerca de la señal?

 

         —Así es.

 

         —Gracias, lo recordaré. Buenas noches.

 

         Puse una moneda de plata en su mano.

 

         —Buenas noches, señor. Y gracias —dijo Jacob sonriendo. Se dio la vuelta y se fue.

 

         Observé la luz de su linterna hasta que ésta desapareció. Entonces, comencé a caminar por la vieja carretera.

 

         No era difícil. Aunque estaba oscuro, veía todo el rato el murete de piedra que discurría por el borde derecho de la carretera. «Estoy a salvo» —me decía a mí mismo. Pero me sentía muy solo y algo asustado. Canté y salté. Pensaba en mi querida esposa y durante unos instantes, me sentía mejor.

 

         Pero la noche era gélida. Aunque caminaba deprisa, era incapaz de mantenerme caliente. Tenía los pies y las manos heladas. También me costaba respirar. La escopeta me pesaba mucho. Estaba muy cansado y empezaba a encontrarme mal. Tuve que pararme a descansar. Justo entonces divisé un círculo de luz a lo lejos, como si fuera la luz de una linterna. Al principio, pensé que Jacob volvía para asegurarse de que me encontraba bien. Pero luego, vi una segunda luz al lado de la primera y me di cuenta de que eran las luces de un coche.

 

         «Pero ¡qué raro —pensé— que utilicen esta vieja carretera tan peligrosa!». Le había entendido a Jacob que nadie la había usado desde aquel terrible accidente. Entonces pensé «¿me habré pasado la señal en la oscuridad? ¿O será éste el coche que va a Dwolding, después de todo?»

 

         Entretanto, llegó el coche. Se movía muy rápido y sin hacer nada de ruido sobre la carretera nevada. Vi su enorme silueta, con el conductor en el pescante y sus cuatro caballos.

 

         Comencé a gritar y a saltar y a hacerles señas para que me vieran. Sin embargo, el coche pasó por delante de mí y por un momento, creí que no iba a parar. Pero, unos metros más adelante, se detuvo. El conductor me miró. El guarda parecía estar dormido. Todos estaban callados. Subí inmediatamente. Nadie se movió para ayudarme, así que tuve que abrir la puerta yo mismo, pese a tener los dedos completamente helados.

 

 

 

 

         Al principio, pensé que estaba vacío. Pero había tres pasajeros más en el coche. Sin embargo, ninguno de ellos se movió ni me miró. Entré y me senté. Dentro del coche hacía mucho frío… casi más frío que en el exterior. El aire era denso y olía mucho a humedad y a… muerte. Miré a mi alrededor e intenté iniciar una conversación.

 

         —¡Qué frío hace esta noche! —dije, tratando de ser educado, al pasajero que estaba sentado enfrente de mí. Giró la cabeza hacia mí lentamente, pero no me respondió.

 

         —Creo que el invierno ya está aquí —continué. El pasajero de enfrente estaba sentado en un rincón oscuro y no se le distinguía la cara. Pero sí los ojos. Me miraba fijamente, pero seguía sin pronunciar palabra.

 

         ¿Por qué no me contestará? —pensaba. Sin embargo, no me molestó su actitud. Estaba demasiado cansado y tenía demasiado frío como para enfadarme por eso. Aún estaba entumecido por el frío y el cansancio, y el extraño y pesado olor que había en el interior del coche me estaba poniendo enfermo también. Estaba helado hasta los huesos y temblaba de frío. Me dirigí al pasajero que había a mi izquierda.

 

         —¿Puedo abrir la ventana? —le pregunté.

 

         Nada. Ni una respuesta, ni un movimiento.

 

         Repetí más alto mi pregunta, pero seguía sin recibir respuesta. Entonces me impacienté. Intenté abrir la ventana. Entonces vi el cristal. Estaba muy sucio.

 

         «¡Dios mío! ¡No han limpiado este cristal desde hace años!» —me dije. Me fijé en todo el coche y de repente comprendí la razón de aquel extraño olor. Todo estaba sucio, viejo y polvoriento. El suelo estaba casi roto bajo mis pies. Me dirigí al tercer pasajero:

 

         —¡Este coche se está cayendo a pedazos! —le dije— Espero que la compañía esté usando éste mientras reparan el que usan habitualmente.

 

         Movió lentamente la cabeza y me miró en silencio. Nunca olvidaré esa mirada. Aún la recuerdo… Sus ojos brillaban con una luz salvaje, antinatural. Su cara tenía una blancura grisácea. «Es como un muerto»
—me dije. Entonces vi que sus labios cadavéricos estaban retraídos sobre sus enormes dientes… Temblé de miedo. Volví a mirar al pasajero que tenía enfrente. También éste me miraba fijamente. En su rostro se veía la palidez de la muerte y sus ojos brillaban con una luz fantasmagórica. Me volví al pasajero de mi izquierda para descubrir… ¿cómo podría describirlo? Era la cara de un cadáver. Me quedé paralizado, ¡los tres pasajeros que me acompañaban estaban muertos! Una luz verdosa resplandecía en sus horribles rostros. Su pelo polvoriento olía a muerte, sus ropas a cementerio. Supe entonces que, aunque sus ojos me miraban fijamente, aterrorizándome, estaba realizando un viaje rodeado de cadáveres.

 

         Di un grito de terror. ¡Tenía que salir de aquel horrible lugar! Me arrojé desesperadamente a la puerta y traté de abrirla. Entonces, la luna salió de detrás de una nube. En su luz fría y plateada pude verlo todo claro. Vi la señal indicando la carretera como si se tratara de un aviso y el muro que la bordeaba, roto. Vi los caballos aterrorizados al filo del acantilado. Vi el valle a cincuenta pies de distancia. El coche se agitó como un barco en el mar. Hombres y caballos gritaban, hubo unos momentos de pánico hasta que se produjo un fuerte golpe, un dolor terrible y después… la oscuridad.

 

         Pasado un tiempo, desperté de un profundo sueño. Encontré a mi esposa sentada junto a mi cama:

 

         —¿Qué… qué ha pasado? —pregunté, aturdido.

 

         —Tuviste un accidente, querido —contestó—. El muro estaba roto en el borde de la carretera y caíste al valle. Había cincuenta pies de altura, cariño…, pero, gracias a Dios, tuviste suerte. La nieve se había acumulado en el fondo hasta el punto de salvarte la vida.

 

         —No recuerdo nada —dije aún confuso—. ¿Cómo llegué hasta aquí?

 

         —Dos granjeros que salieron temprano buscando a una oveja perdida te encontraron en la nieve y te llevaron al refugio más cercano. Llamaron a un doctor. Estuviste muy enfermo. Tenías un brazo roto y un terrible golpe en la cabeza. Tardaste un tiempo en recobrar el sentido y no pudiste contar nada. El médico que te atendió buscó en tus bolsillos y encontró tu nombre y dirección. Así que me llamaron y te he estado buscando desde entonces. Ahora, no debes preocuparte por nada, mi amor. Sólo descansa y concéntrate en ponerte bien.

 

         Era joven y fuerte y pronto estuve fuera de peligro. Pero, mientras yacía en mi cama, pensaba en el accidente. Tal vez ustedes puedan averiguar dónde caí exactamente aquella noche. Era el lugar donde el coche se había salido de la carretera hacía veinte años.

 

         Nunca conté a mi esposa esta historia. Se la conté al médico, pero me dijo que todo había sido un sueño, el resultado del frío, el cansancio y el terrible golpe de la cabeza. Quise hacerle entender, pero se negó a escucharme. No discutí; no importaba mucho que me creyera o no. Pero lo que supe entonces, y sé ahora, es que hace veinte años yo fui el pasajero de un coche fantasma.

 

 

FIN

 

 

 







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